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domingo, 23 de agosto de 2009

VIRUS

Hay un virus que visita últimamente las casas de algunos vecinos y conocidos. Yo no sé si tendrá algo que ver con la edad media de la “peña”, cuarenta, o con la forma de vida, o con la repentina búsqueda de los sueños…
El caso es que los casos de divorcio se multiplican, y en los que a gente de mi alrededor se han producido, han sido las mujeres las que han dicho “hasta aquí”.
Pero eso no es lo que me sorprende. Vivimos, afortunadamente, en una época en la que las mujeres han adquirido independencia económica, más reconocimiento social y sobre todo confianza en sí mismas. En otros tiempos estas mismas mujeres se hubieran quedado atadas a sus maridos incapaces de poder vivir sin su sueldo, o sin “su” casa, sin poder siquiera volver a la paterna, donde serían sin duda criticadas cuando no repudiadas. Se hubieran quedado por el bien de sus hijos, mientras crecen y se hacen mayores, por el qué dirán, porque mis sueños no valen la pena. Y no sólo serían mujeres aquejadas de maltrato, no, también estaban las que habían dejado de querer, las que querían darle la vuelta a sus vidas, las que no aguantaban el agobio de la cotidianidad y no encontraban en su pareja, eso, una pareja.
Pero lo que me ha llamado la atención de este último ataque vírico, es que se repite un patrón en todos ellos:
-La mujer empieza a sentirse inquieta, no está a gusto, sino disgustada.
-Empieza a ver a su marido como a un extraño y no se acuerda de porqué se casó con él.
-Está metida hasta el cuello en una hipoteca, en un coche, en mini créditos, y le importa un carajo.
-Los niños son pequeños.
-Tiene un sueldo, pero más bajo que el de su marido; un trabajo con el que no se siente satisfecha pero es el único que ha conseguido, aunque con sólo su sueldo no podría mantener a sus hijos y sus deudas.
-En el 80% de los casos, hay un amante repentino.
Las consecuencias de todo ello es que la mayoría ya le ha comentado, por lo menos a su médico de cabecera que se siente infeliz, eso si no ha ido ya a una psicóloga. Ha comentado con todas sus amigas cómo se siente, pero es incapaz de decírselo a su pareja porque está segura que lo la va a entender. Finalmente alguien le aconseja que se busque una buena abogada y que le pida el divorcio a su marido.
En cuestión de un mes, el marido, que sólo pasaba por allí porque a su entender su mujer estaba rara por “sus cosas” y ya se le pasaría, se ve con la maleta en la calle, un letrero de YA NO TE QUIERO, irreversible, y un “habla con mi abogada”.
El tipo, incrédulo, intenta entrar en su casa, preguntar qué ha pasado, qué pasa con los hijos, con las deudas, a dónde se va si esa es su casa, quién se queda con el coche, qué cosas se puede llevar... Y el resultado es una mujer que se pone histérica ante su presencia y llama a la policia y presenta una denuncia por amenazas y solicita una orden de alejamiento.
¿Se ha sentido usted alguna vez maltratada? Si, sí, ahora que lo pienso, si: cada vez que me preguntaba dónde estaban sus pantalones, como si yo fuera su criada, sí. Cada vez que me ha dicho no te entiendo, cada vez que no se ha dado cuenta de que me he comprado algo nuevo o me he cortado el pelo, era inexistente para él: ¡qué humillación!
Es curioso como las cosas sacadas de contexto parecen terribles. Pero en la convivencia diaria surgen gritos, despistes, enfados, discusiones, alusiones a las respectivas familias… que no hay que dar como “normales”, pero si como posibles. La diferencia es cómo nos afecta.



Cuando amamos el otro nos nos grita, sólo habla alto; cuando amamos el otro no ha dejado de escucharnos, es que está absorto en sus pensamientos; cuando amamos, el otro no es un pesado insoportable, es que necesita comunicarse con nosotras y eso es maravilloso; cuando amamos y vuelve oliendo a “tigre” es porque hace calor y trabaja mucho y no porque sude como un cerdo…
Lo que me inquieta de todo esto, es sin duda, la utilización idiscriminada de la ley contra la violencia de género para conseguir que ese hombre salga de tu vida rápidamente, para conseguir quedarse con la casa, los niños, los muebles, el coche, una buena pensión, seguir pagando la mitad de la hipoteca mientras la vivienda se vende, y que el otro se vaya a casa de sus padres porque no le llega el sueldo para pagarse un piso, mientras el amante de su ex se mete en su ex casa y su ex cama. Me preocupa la facilidad con que algunas mujeres utilizan esta protección que tanto tiempo ha tardado en conseguirse y que está para aquellas que realmente viven en una situción de pánico y que lamentablemente tanto les cuesta decidirse a solicitar.
Me preocupa, y mucho. Todos tenemos derecho a ser felices. Todos tenemos derecho a cambiar de vida si ésta no nos satisface. Pero aunque no se pueda evitar hacer daño,no hace falsa fusilar públicamente a la persona que ha vivido x años contigo en una comisaría pañuelo en mano, cuando minutos antes de entrar le has dicho “te vas a enterar, cabrón”.

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