Hace unas dos semanas tuve el privilegio de hacer un cursillo de fotografía de la mano de Manuel Orero, uno de los mejores fotógrafos valencianos en la actualidad.
Todo surgió porque le sigo habitualmente en el facebook, ya que soy gran admiradora de su fotografía, y allí publicó que en el mes de abril realizaría unos cursillos para profesionales y amateurs avanzados.
Enseguida pensé en mi hija, que estudia Comunicación audiovisual, así que la apunté en el cursillo para regalárselo.
Cuando llegó el momento de darle su regalo la sorprendida fui yo, pues esos dos días los tenía repletos de trabajo y de sesiones obligatorias. Así que ni corta ni perezosa fui yo en su lugar.
Mi afición por la fotografía comienza en mi infancia. Mi padre tenía una buena cámara y amigos fotógrafos, así que no me faltaron cámaras a lo largo de mi niñez. Mis padres tienen la casa llena de álbumes de fotos, diapositivas y películas grabadas en Súper 8, algunas de las cuales pasé a VHS -tendré que hacer ahora lo propio en DVD.
La afición me ha seguido en mi vida adulta y la comparto con mi marido que además la tiene como un elemento importante de su trabajo. Mis hijas también son grandes aficionadas, así que en casa tenemos una bonita colección de cámaras.
Cuando llegué el primer día al cursillo, me di cuenta de que yo allí pintaba bien poco, en el sentido de que había gente que sabía mucho. Claro, me dije, este curso es para profesionales y amateurs avanzados. Me sentí completamente como pez fuera del agua, pequeñita y vulnerable.
La sesión de fotos de la tarde me dio aún más la razón, pero yo ya había ido convencida que me tocaba callar, observar, aprender y practicar, así que eso fue lo que hice.
Conforme pasó el cursillo me di cuenta que allí había gente de gran valía, verdaderos profesionales que hacían unas fotos magníficas, y me pregunté ¿y para qué se habrán apuntados estos al cursillo si son tan buenos como el maestro?
Mi alma de filósofa me contestó enseguida: porque siempre hay algo que aprender. Porque en la humildad de saberse imperfecto está la pieza clave del conocer.
Y ¿qué he sacado yo de todo esto?
Haber pasado dos días fantásticos con este grupo de gente encantadora, haber aprendido mucho del maestro y también de los que allí acudieron como alumnos. A decidirme de una vez a hacer fotos en manual con mi modesta Nikkon D60 a la que había condenado al automático desde que la compré. A disfrutar de la fotografía.
Yo que había aprendido con cámara analógica, sin Ps que valiera, sabía cómo se aprovechaba una cámara al máximo cuando no se tenían estos medios ni se podían hacer montones de fotos para quedarte con la mejor.
Disfruté otra vez de mi cámara y me he animado a seguir. Eso sí, la próxima vez cogeré un cursillo de principiante pues, aunque ya no lo soy, tengo mucho que aprender.
Mientras tanto, a practicar.
Un abrazo grande a todo el grupo que hemos hecho este curso y al gran Manolo.