Google+ Followers

lunes, 10 de septiembre de 2012

EL DÍA QUE SE PARALIZÓ EL PAÍS. 3



Cogió el mando y apuntó hacia la televisión gigante que había en la sala. Todos los presentes guardaron silencio. Un hombre con un traje azul y al que no habían visto nunca ninguno de los que allí había estaba hablando por todos los canales a la vez.
Uno de los diputados encendió la radio de su móvil, la misma voz.
-“Este es un comunicado dirigido a todos los miembros del gobierno, tanto de la nación como de las Comunidades Autónomas y Municipios, así como a los sindicatos mayoritarios y a la Casa Real. “
Así que en los municipios y Comunidades también ha ocurrido y ni siquiera lo saben los sindicatos, pensó el presidente.
-“Como habrán podido comprobar, nadie que no pertenezca a los órganos de gobierno ha acudido a su puesto de trabajo. Ni militares, ni policías, ni médicos, ni bomberos, por abreviar, ningún funcionario ni de carrera ni interino, ni personal laboral, ni obreros, ni campesinos, ni transportistas, ni vendedores… El país se ha paralizado. Tal vez por una vez se pregunten qué ha podido suceder para que el pueblo en masa haya decidido participar en este parón. Tal vez quieran creer que es un golpe de estado, que es una huelga general, pero saben que no es así ya que en una huelga los sindicatos son los primeros tras la pancarta, los policías en custodiarla y los militares y guardias civiles a lo que se les mande.
No se trata pues de nada de eso. Permítanme que les explique cómo hemos llegado hasta aquí.”
-¡Esto es intolerable!-exclamó una voz en la sala a la que todos callaron de inmediato.
-“Será mejor que se sienten, no pretendo hacer un discurso largo, pero si explicativo y contundente y creo que ustedes no están en condiciones de no querer escucharme.”

Tomaron asiento todos los que alcanzaron asiento mientras otros salieron de la sala en busca de sillas.

-“Yo no soy nadie, es decir, mi cara y mi voz son prestadas para lanzar este comunicado entre un sorteo, así pues, no soy cabecilla de nada. Quiero decirles que el pueblo ya no se siente representado por sus políticos ni por sus sindicatos, que opina que este sistema en el que vivimos está caduco siendo un claro ejemplo el punto muerto en el que se encuentra la justicia, una economía hundida a causa de la mala gestión y un pueblo que padece las consecuencias de todos los platos rotos. Nuestra intención –siguió diciendo la voz- es exigir a todo dirigente que dimita, ya no creemos en que ninguno sea capaz de arreglar nada ni de gobernar sin intereses particulares. Queremos que se vayan todos los políticos, queremos limpiar todos los órganos de gobierno y volver a empezar partiendo de una Asamblea Constituyente y que tras muchos años sea el pueblo quién decida lo que debe hacerse.
-Pero ¿de qué está hablando ese loco?- expresó uno de los ministros.
-Lo que piden es imposible, ¡no se puede partir de cero!- grito otro.

-“Supongo que en estos momentos se están revolviendo en sus asientos o lanzando algunos improperios; supongo que nos creen unos locos que queremos la anarquía, pero nada de eso está en nuestro pensamiento. Pensamos que es algo tan simple como cuando empiezas una redacción y cuando vas por la mitad te das cuentas de que no estás poniendo nada interesante, o que tiene faltas de ortografía, o que te has salido del tema…
Es algo tan simple como volver a empezar. Para ello será necesario acordar una nueva Constitución, teniendo en cuenta los errores que se cometieron con la anterior, un nuevo sistema legislativo y judicial y, como no, un nuevo orden político. Ha llegado el momento.”

El hombre tras la pantalla hizo una pequeña pausa. Los presentes en la sala se miraban unos a otros incrédulos; alguno incluso lanzó una risita sarcástica y se oyeron varios “¡pringaos!”.

-“Queremos que sepan que los que han provocado la llegada hasta este punto son ustedes mismos. Se les confió nuestra representación pero han traicionado los principios por los que fueron votados en múltiples ocasiones, no únicamente los miembros del gobierno, sino también los de otros partidos, los sindicatos que se llamaban a sí mismos representantes de los trabajadores… Todos aquellos que fueron elegidos deben ahora asumir el coste de su ambición, de sus errores y sobre todo, de olvidar quiénes eran y en nombre quién están donde están. Así pues, todos deben dimitir porque desde este momento el pueblo prescinde de sus servicios.”

La señal se cortó tanto en la radio como en la televisión. Volvieron a dejar de funcionar los móviles. Sólo los teléfonos de la sala de reuniones. Uno de ellos volvió a sonar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario