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sábado, 14 de abril de 2012

“LA MONARQUÍA SE CAE”


El título de este artículo no es que esté mal escrito, sino que he intentado hacer un juego de palabras. Ya sé que es el monarca y no la monarquía el que se ha caido y roto la cadera por tres sitios, aunque dicen que primero te rompes y luego te caes.
Que se cayó en Botsuana durante un viaje privado, me preguntaba qué narices haría en Botsuana. Ahora ya lo sé, ya se ha filtrado. El hombre estaba nada más y nada menos que cazando elefantes. ¿Pero es que ya se han desmelado del todo y se han decidido a cabar su propia tumba? ¡Es ya no hacen ni una bien! Muy mal lo de cazar elefantes, y fatal en estas circunstancias de crisis económica irse de safari. En eso invertimos nuestro dinero los españoles, será el pensamiento que tengamos muchos.
Y tan tranquilo sin ir a ver al nieto, como se quejan las mujeres de mi pueblo.
Primero, Felipe niño, al que la prensa gusta de llamar Froilan supongo que porque le da un tono un tanto ridículo, perdón por los Froilanes del mundo -que se sepa además que ese nombre le fue impuesto al ser los padres Duques de Lugo y ser éste el santo patrón-, digo, primero al chaval se le dispara la escopeta y cuando estaba con su padre y le deja el pie agujereado y ahora el abuelo vuelve a caerse.
De lo del niño he de decir que he leido barbaridades estos días como por ejemplo “qué lástima que no se lo haya dado en la cabeza y así un Borbón menos”. Vamos a ver, no seamos bestias. Borbón o no, es un niño. Nadie debe alegrarse de una cosa así.
Después de la irresponsabilidad del padre al permitirle usar una escopeta no autorizada para su edad. Pero no pongamos el grito en el cielo, en los pueblos por lo menos, siempre hay cazadores, y se sabe que de siempre los padres y abuelos han instruido a sus hijos y nietos en el uso de la escopeta. Que no esté permitido no significa que no sea casi una “tradición familiar” y tampoco exculpa de culpa al padre.
Cuántos han hecho el chiste fácil con aquello de que los Borbones y las armas no se llevan bien, sacando de nuevo a colación el fatal accidente del rey Juan Carlos cuando disparó a su hermano con resultado de muerte. Yo creo que eso no se supera nunca y que tampoco está bien que hagamos chistes con episodios de este tipo.
Pero es verdad que en estos últimos tiempos parece que la familia real está en una isla rodeada de cocodrilos. El desfalco de Urdangarin ha acabado de rematar la animadversión de muchos hacia la monarquía y no es para menos. Lo que ha hecho ese hombre y su esposa tiene un nombre, pero va más allá de la estafa, el robo o el desfalco, ha atentado directamente contra la imagen y credibilidad de la casa real y como no, de nuestro país.
Que el asunto lo sabía el rey y por eso la pareja se fue a Estado Unidos, no creo que nadie lo dude. Que este tipo se irá de rositas y que ella no pisará ni el juzgado, también lo creemos.
Pues miren, en este caos pienso que Urdangarin debería ser juzgado no sólo por sus delitos económicos sino por “atentar contra la institución monárquica y la imagen de España” igual que se les atribuyó en su día a radicales que lo proclamaban a voz en grito en sus mítines. Creo que debe acabar con sus huesos en la cárcel y que la señora debe ser condenada a devolver el dinero aunque para eso tenga que vender todos sus bienes e hipotecarse de por vida. Por supuesto nada de representación ni de vida pública, ella se lo ha buscado. Y además voy a añadir que el rey no debería usar sus influencias para que esto no se produzca, sino todo lo contrario. Urdangarin debe caer con todo el equipo y ser un ejemplo. Y es necesario porque los ciudadanos ya no creemos en nuestras instituciones ni judiciales ni políticas y necesitamos creer en algo.
En estos tiempos de crisis no podemos consentir que esto pase. Nos sentimos engañados, burlados, abandonados, estafados... No me extraña que se reclame la instauración de una nueva República.
Pero con todo el dolor he de decir que aunque pienso que la democracia, como decía Lincon es el menos malo de los sistemas y la República la mejor forma de gobierno, mucho me temo que los españoles seguimos sin estar preparados para ello y a la mínima la volveríamos a armar. Es sólo una impresión.

martes, 29 de junio de 2010

ACCIDENTES Y NORMAS

Noche de San Juan. Castelldefells. Un gran número de personas se dirigen en tren hacia las playas de la localidad para festejar las hogueras de la noche “mágica”. Llegan al destino, bajan del tren. La pasarela está cerrada por obras. El paso subterráneo está muy lleno y la cola va lentamente, demasiado lentamente para aquellos que siempre tienen prisa, prisa por vivir, como si la vida se acabara mañana, como si desperdiciar un minuto fuera no poder recuperarlo jamás. Y en parte es así. Tiempo pasado es tiempo no recuperado, pero la cuestión a la que quiero llegar no es esa.
La mayoría de las víctimas son jóvenes entre 15 y 25 años. Da lo mismo si en su mayoría eran sudamericanos o españoles. Lo que realmente debe llamarnos la atención es como la gente joven está dispuesta a jugarsela por no esperar un minuto, cinco, diez. Diez minutos no valen una vida. Me salto las normas porque no pasa nada. Todo el mundo cruza por aquí y nunca pasa nada. Todo el mundo se salta este stop que no sé para qué lo han puesto si nunca pasa nadie. Todo el mundo se mete en dirección prohibida por esta calle porque si no hay que dar muchas vueltas y voy aquí al lado. Todo el mundo bebe y no pasa nada. Todo el mundo se hace rayas y controla, todo el mundo, todo...
El ser humano es capaz de engañarse a si mismo con la estupidez que sólo los humanos tenemos. Esa racionalidad, esa capacidad que nos lleva a enlazar razón con conciencia, conciencia con responsabilidad, se esfuma con una facilidad pasmosa en ciertas etapas de la vida. Gracias a ese paréntesis de imbecilidad, miles de jóvenes mueren atropellados, alcoholizados, de sobredosis, accidentados...
Este accidente, como tantos otros, que ha provocado estas muertes tan evitables, no solo ha sido un horror para aquellos que han perdido su vida, sino también para sus amigos, para su familia, para el pobre conductor del tren que vió como, inevitabledmente, una bola humana se desmembraba ante sus ojos, para los pasajeros del tren que sufrieron primero el frenazo y luego el sabor amargo del accidente por el cual también fueron marcados y magullados. Fue un horror para los que esperaban el tren, para el revisor, para los policias que tuvieron que hacer el informe, los bomberos, los forenses, los que recogieron los cuerpos y para los simples mortales a los que nos llegó la noticia.
La noche mágica convertida en noche trágica, por no perder un minuto, cinco, diez. Por no respetar las normas, las indicaciones, por no hacer lo que se debe, o sea, por falta de civismo y responsabilidad social.
Espero que el gobierno no indemnice a los muertos, así como tampoco les deseo a sus familiares que RENFE les exija daños y perjuicios, que puede. Y lo espero porque si no ya veo la cola de familiares de accidentados, suicidados, y antiseñales que harán cola ante la oficina oportuna para pedir su premio por haberse saltado las normas.